Una encuesta. Una reunión con vecinos. Un taller con colaboradores. Una mesa de trabajo. Una consulta abierta.
Todas pueden ser herramientas útiles. Todas pueden formar parte de un proceso de participación pública. Pero ninguna, por sí sola, garantiza que exista participación.
Porque participar no consiste simplemente en estar presente, entregar una opinión o responder una pregunta. La pregunta realmente importante es otra: ¿qué puede ocurrir con lo que las personas aportan?
Y ahí aparece algo que muchas veces olvidamos cuando diseñamos procesos participativos: toda invitación a participar contiene una promesa.
Participación pública: la promesa detrás del proceso
Cuando una organización invita a una comunidad, colaboradores, usuarios u otros grupos de interés a participar de una decisión, genera una expectativa.
Puede ser una promesa sencilla: queremos que conozcas lo que vamos a hacer.
Puede ser otra: queremos conocer tu opinión antes de decidir.
O puede ir mucho más lejos: queremos construir esta decisión contigo.
Ninguna de esas promesas es necesariamente mejor que otra. Lo importante es que sean claras y, sobre todo, reales.
Esta idea no es solamente una buena práctica. Forma parte de los Valores Fundamentales para la Participación Pública de IAP2: la participación supone que el aporte de las personas tendrá influencia sobre la decisión y que posteriormente se comunicará cómo ese aporte incidió en ella.
El problema comienza cuando diseñamos un proceso que parece ofrecer más influencia de la que realmente estamos dispuestos a entregar.
Preguntamos cuando la decisión ya está tomada. Convocamos a construir cuando solo necesitamos validar. Abrimos conversaciones sin explicar qué elementos pueden modificarse y cuáles no. Escuchamos, pero nunca contamos qué ocurrió después con aquello que escuchamos.
Entonces la participación deja de ser solamente una metodología mal diseñada.
Puede transformarse en un problema de confianza.
Los cinco niveles de participación pública según IAP2
Una de las contribuciones más conocidas de la International Association for Public Participation (IAP2) es precisamente reconocer que no todas las decisiones requieren el mismo nivel de participación.
El Spectrum de Participación Pública de IAP2 distingue cinco niveles de involucramiento:
Informar: entregar información clara, equilibrada y relevante para comprender un problema, sus alternativas, oportunidades o posibles soluciones.
Consultar: recoger opiniones y retroalimentación de quienes participan.
Involucrar: trabajar directamente con las personas durante el proceso para comprender y considerar sus preocupaciones y aspiraciones.
Colaborar: trabajar conjuntamente en aspectos de la decisión, incluyendo el desarrollo de alternativas y soluciones.
Empoderar: entregar al público la decisión final.
La diferencia entre estos niveles no está simplemente en cuántas actividades hacemos. Está en cuánta influencia estamos ofreciendo sobre la decisión y qué prometemos hacer con ella.
Por eso, el Spectrum tampoco debería entenderse como una escalera donde siempre debemos intentar llegar al último peldaño.
Informar puede ser exactamente lo correcto.
Consultar también.
Hay decisiones donde colaborar tiene sentido y otras donde simplemente no es posible, pertinente o responsable hacerlo.
De hecho, el Spectrum fue concebido horizontalmente precisamente porque distintos tipos de decisiones requieren distintos niveles de involucramiento.
La calidad de un proceso participativo, entonces, no depende de ofrecer siempre el máximo nivel de influencia. Depende de escoger conscientemente qué nivel corresponde y cumplir la promesa asociada a él.
El problema es prometer algo que nunca estuvo disponible
Buena parte de la frustración asociada a procesos participativos no necesariamente proviene de que las personas no hayan conseguido exactamente aquello que querían.
Puede surgir de algo bastante más básico: descubrir que su participación tenía menos capacidad de incidencia de la que habían entendido al comenzar.
Esto importa especialmente en contextos donde organizaciones, empresas, instituciones públicas y comunidades deben tomar decisiones sobre proyectos que afectan un territorio.
En Chile, por ejemplo, la propia Guía para la Participación Ciudadana Temprana del Servicio de Evaluación Ambiental enfatiza la importancia de diseñar estrategias acordes con las características socioterritoriales y evitar generar expectativas respecto de alternativas que no son realmente viables.
Y eso obliga a hacer preguntas incómodas antes de diseñar cualquier taller, encuesta o encuentro:
¿Qué decisión está realmente abierta?
¿Qué elementos ya están definidos?
¿Quiénes pueden verse afectados o tienen interés en ella?
¿Qué necesitamos conocer de ellos?
¿Cuánto estamos dispuestos a modificar a partir de lo que escuchemos?
¿Y qué podemos prometer honestamente que ocurrirá con sus aportes?
Solo después aparece la pregunta por la herramienta.
Porque un taller puede servir para informar, consultar, involucrar o colaborar. Una encuesta puede ser extraordinariamente útil o completamente irrelevante. Una mesa puede generar incidencia real o convertirse simplemente en una sucesión de reuniones.
La herramienta no define la participación. La promesa sí.
Cómo diseñar un proceso de participación pública
Profesionalizar la participación pública implica mucho más que aprender nuevas dinámicas o conseguir que más personas lleguen a una actividad.
Significa diseñar deliberadamente la relación entre una decisión y las personas que pueden afectarla o verse afectadas por ella.
Implica comprender el contexto, reconocer a los distintos grupos de interés, establecer expectativas realistas, definir niveles de influencia, seleccionar mecanismos adecuados y —algo especialmente importante— cerrar el ciclo explicando qué ocurrió con aquello que las personas entregaron.
No existe una receta única. La OCDE, por ejemplo, propone una secuencia de diez pasos para diseñar, implementar y evaluar procesos de participación ciudadana, junto con distintos métodos según los objetivos perseguidos. El principio de fondo es similar: primero debemos saber para qué estamos involucrando a las personas; después podemos decidir cómo hacerlo.
Cuando eso ocurre, la participación deja de ser una actividad dentro de un proyecto.
Se convierte en una forma de tomar mejores decisiones y construir relaciones más legítimas entre organizaciones, comunidades e instituciones.
Y quizás por eso la primera pregunta antes de iniciar un proceso participativo no debería ser:
¿Qué actividad vamos a hacer?
Debería ser otra:
¿Qué estamos dispuestos a prometer?
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